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ESTAMBUL Estoy fumando mientras conduzco, contraviniendo todas las normas de la Dirección General de Tráfico. A mi lado ella, tan deseable como siempre, me susurra con su voz grave: “Pásamelo”, y su mirada implorante me desarma, como siempre. Como siempre sus deseos son órdenes para mí. Soy un cobarde, y no le puedo negar nada a esta mujer. Me aterrorizaría perderla. Morena, pelo corto, su belleza es arrasadora. Duele mirarla, de tan resplandeciente. Como un esclavo siempre complazco hasta sus más mínimos deseos. Pienso que me importa un bledo la DGS, y sus “pesadísimas” recomendaciones. Me siento transgresor por un momento, y conduzco, por un breve instante, con una mano mientras con la otra deposito suavemente el cigarrillo entre sus labios entreabiertos. Por el rabillo del ojo, percibo su gesto de placer al realizar la primera y lenta calada. “La deseo como nunca he deseado a nadie”, me digo. Con cada mujer que ha pasado por mi vida me he repetido esta hipérbole, tan falsa, como cie...
  LA CLEMENCIA DE LA LLUVIA Oigo al aguacero repicar en la Uralita del patio como un tambor a rebato. Me acurruco entre las frías sábanas abrazado al fantasma de su cuerpo que tirita, no sé si de miedo o de frío, pero es cálido y suave, y huele bien, a perfume de mujer. Quimérico como soy, imagino que mis brazos la envuelven en un abrazo protector. Por la brevísima rendija que deja la persiana, el pespunte de un relámpago parece querer iluminar la habitación, precedido por el bronco retumbar del trueno, y yo me siento bien, arropado y seguro. Me gustan estas noches de frío y lluvia, noches de tormenta en las que me creo resguardado en el refugio de mi cama, en las que me abandono en reconfortantes ensoñaciones, sueños que sé imposibles de materializar en el mundo real, pero que, ingenuos, al fin y al cabo, me sirven para cobijarme de la sórdida realidad de mi vida. Vano intento. Porque el tiempo, implacable, sigue arrasándolo todo, como un tren desbocado, sin frenos, que ha iniciad...
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  NO ES FUERZA, ES CONCENTRACIÓN Angelillo era un muchacho de 15 años, fornido en extremo, rubicundo. Para su edad disponía de una fuerza física asombrosa. Me acuerdo que nos retaba a todos a sentarnos sobre la pesada mesa de proyecciones, jamás se había usado, pero como curiosos adolescentes que éramos ya sabíamos contenía un pesado proyector de diapositivas, que tras hacer saltar unos engranajes podía desplegarse a partir de un elegante brazo articulado, y entonces, suponíamos, desarrollaría su todavía oculta función; Pues bien, Angelillo se arremangaba, nos pedía educadamente que nos sentásemos sobre el pesado armatoste, que unía al peso de la madera del mueble, ya de por sí considerable, el del misterioso y nunca utilizado proyector, y tras inspirar hondamente, contar mentalmente un número indeterminado de segundos, dejando pasar un tanto teatralmente el tiempo, resoplaba haciendo mover el flequillo que enmarcaba su rostro confianzudo y bonachón, colocaba sus manos gordezuelas ...