LA CLEMENCIA DE LA LLUVIA
Oigo al aguacero repicar en la Uralita del patio como un tambor a rebato. Me acurruco entre las frías sábanas abrazado al fantasma de su cuerpo que tirita, no sé si de miedo o de frío, pero es cálido y suave, y huele bien, a perfume de mujer.
Quimérico como soy, imagino que mis brazos la envuelven en un abrazo protector. Por la brevísima rendija que deja la persiana, el pespunte de un relámpago parece querer iluminar la habitación, precedido por el bronco retumbar del trueno, y yo me siento bien, arropado y seguro. Me gustan estas noches de frío y lluvia, noches de tormenta en las que me creo resguardado en el refugio de mi cama, en las que me abandono en reconfortantes ensoñaciones, sueños que sé imposibles de materializar en el mundo real, pero que, ingenuos, al fin y al cabo, me sirven para cobijarme de la sórdida realidad de mi vida.
Vano intento.
Porque el tiempo, implacable, sigue arrasándolo todo, como un tren desbocado, sin frenos, que ha iniciado una loca carrera hacia ningún lugar y ya no me permite, soy miedoso, saltar y bajarme en marcha.
Comentarios
Publicar un comentario